MONDAKA PARAISO

MONDAKA PARAISO

Mondaka nace como nacen muchas de las cosas buenas: sin demasiados planes, con muchas ganas y con la necesidad de tener un sitio donde patinar cuando llovía. Todo esto empezó en la primavera del 2013.

Éramos cuatro amigos: Víctor, Gonzalo, Álvaro y Cacolo. Teníamos una idea bastante sencilla: construir un skatepark DIY, hecho por nosotros mismos, donde poder seguir patinando aunque fuera invierno, aunque diluviara o aunque no hubiera ningún sitio cerca para hacerlo.

El nombre Mondaka surge como un juego de palabras entre Mondariz, el lugar donde estaba el skatepark, y Mundaka, la famosa ola del País Vasco. Una mezcla que tenía todo el sentido: bosque gallego, madera, skate, surf, humedad y esa idea de buscar una ola propia aunque estuviera lejos del mar.

El lugar no podía ser más especial. Mondaka estaba en medio del bosque, en el precioso ayuntamiento de Mondariz, pegado a un río y muy cerca del famoso campo de golf. La finca era enorme y tenía algo casi de película: una antigua piscifactoría abandonada, perdida entre árboles, humedad, cemento viejo y ese silencio raro que tienen los sitios que parecen estar esperando a que alguien los vuelva a usar.

Los tres primeros años estuvimos okupados. No había más. Entramos, limpiamos, arreglamos y empezamos a darle vida a un espacio que llevaba tiempo muerto. A partir del tercer año conseguimos llegar a un acuerdo con el propietario y empezamos a pagar una cuota mensual. Fue una forma de mantener aquello vivo, más estable y con algo más de futuro.

Lo primero que construimos fue un spine. Ese fue el primer golpe de martillo serio, la primera pieza del puzzle. También pintamos una pared con el logo de Machete, como una especie de bandera. A partir de ahí, Mondaka empezó a crecer poco a poco, tabla a tabla, tornillo a tornillo, sesión tras sesión.

Con el tiempo, lo que empezó siendo un sitio para patinar cuando llovía se convirtió en un indoor de madera muy top. Un skatepark hecho a mano, con errores, arreglos, inventos, lijadas, golpes y mucho aprendizaje. No era perfecto, pero precisamente ahí estaba su encanto. Tenía alma, tenía historia y tenía esa energía que solo tienen los sitios construidos por la gente que los usa.

Poco a poco fue entrando más gente. Más manos, más ideas, más sesiones y también más gente implicada en la gestión. Mondaka dejó de ser solo el proyecto de cuatro amigos y se convirtió en un punto de encuentro. Un sitio donde pasaban cosas.

Durante una época llegamos a organizar un festival anual sin ánimo de lucro: el Mondaka Fest. Un encuentro hecho desde la misma filosofía que el skatepark: hacerlo porque nos apetecía, porque tenía sentido y porque queríamos juntar a gente alrededor del skate, la música, las bicis y la cultura DIY.

La parte exterior de la finca también empezó a tomar vida. Nos asociamos con bikers y se construyeron rampas y saltos en el exterior, aprovechando el tamaño enorme de aquella antigua piscifactoría. Mondaka ya no era solo un indoor de skate. Era un pequeño mundo hecho de madera, barro, bosque, bicis, tablas y amigos.

Todo aquello terminó en junio de 2024, cuando el propietario vendió la nave. Con la venta se cerró una etapa que había durado años y que, de alguna manera, ya formaba parte de la vida de todos los que pasamos por allí.

Mirándolo ahora, Mondaka fue mucho más que un skatepark. Fue una forma de demostrar que, con ganas y con un poco de inconsciencia bonita, se pueden levantar cosas donde antes no había nada. Un sitio okupado que acabó teniendo acuerdo, comunidad, festival, gestión compartida y una identidad propia.

Mondaka fue eso: un skatepark DIY en medio del bosque, al lado de un río, construido por amigos para poder patinar cuando llovía.

Y aunque la nave ya no siga siendo Mondaka, todo lo que pasó allí sigue quedando en la madera, en las fotos, en las historias y en la gente que lo vivió.